En casa

tazas de café

Hacían veinte minutos que había llegado. Como siempre, dejó las llaves en el bol de las llaves. Se quitó los zapatos. Le gustaba sentir el piso en la planta de los pies.

Mientras caminaba a su cuarto, se despojaba de la ropa… La prisión, el envoltorio. Dejó todo doblado en una silla. Se quitó la ropa interior mientras entraba al baño y abría la ducha. Entró en la ducha. Dejó que el agua golpeara su cuerpo un rato… Quería sentir, que su piel reaccionara con cada gota.

Luego de veinte minutos salió. No buscó una toalla. En verano le gustaba que su cuerpo se secara solo, con el aire. Se vistió nuevamente.

Suspiró. La desnudez le gustaba más.

El timbre sonó. Suspiró de nuevo, anhelaba el silencio, pero sabia que vendrían a ver si estaba bien. Y sabía que vendrían a preguntar por lo que había hablado con la visita, y sabía.. sabía… sabía… Sacudió la cabeza, cómo le hubiera gustado no saber. Caminó hacia la entrada.

Ellos entraron, haciendo caso a sus gestos.

-¿Estás bien? -preguntó el rubio.

-¿Tenés miedo? -se desesperó el morocho.

Los miró. Eran dos gigantes al lado de ella, que continuaba descalza. Se sintió pequeñita, aprisionada. “Como una mariposa en un frasco” se dijo. Sacudió la cabeza. Su cabello rojizo mojado los salpicó. Les sonrió tranquilizándolos.

-Estoy bien, José. No, no tengo miedo. Estoy viva, Cristian. – respondió mientras les indicaba que se sentaran en el sillón. -¿Té? ¿café?

Ellos  se miraron, la miraron. Ella hacía dos semanas que estaba viviendo en la ciudad. Venía de un pueblo pequeño y a la semana de llegada había tenido su primer escena violenta capitalina: un encapuchado se había metido en la oficina en la que trabajaba y le había apuntado a la cabeza.

El policía se encontró con una escena rarísima: la víctima estaba calmando al atacante mientras el atacante temblaba y gritaba. El psicólogo de la policía sugirió que la monitorearan, por las dudas que sufriera una crisis después. Pero en los días siguientes, no hubo señales de crisis. Ella seguía tranquila, haciendo su vida.

-Pato, no podés seguir sola- empezó José.

– No veo porqué no. -respondió mecánicamente mientras servía el café.- Después de todo fue un hecho aislado. Y estoy bien. -dijo alcanzándole la taza a Cristian. – Y no, no me mires con esa cara. Estoy bien, salvo tus ex amantes no hay nada que me haga la vida imposible.

– Sos guacha, pequeña! -dijo a las carcajadas José. – Pero necesitás protección.

– No soy una damisela en desgracia -protestó frunciendo el seño.

– Podrías comportarte como una – refunfuñó Cristian dándole un sorbo a su café.

José y Pato se miraron. Se rieron.

-Yo me quedo en casa. – dijo ella. – Y no se discute más.- bebió de su taza y la asentó con seguridad en la mesa.

Ellos la miraron, bajaron la vista sumisamente. Ella se queda en casa

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