“Algo en mí se muere”.

Sabía que algo le faltaba. Se sentía encerrada en esas torres de cristal y cemento.

Sus ojos miraban a través de los cristales, incluso a través de las torres. Veían un mundo sin muros. Muchas noches, se revolvía entre finas sábanas de lino, y brazos amantes sintiendo que le faltaba el aire. Aún después de haber hecho caso a cada uno de sus instintos, en los brazos de su hombre, se sentía aprisionada.

Él ignoraba el porqué de esas urgencias. No comprendía esa extraña necesidad de desaparecer. No escuchaba.

“No escuchás”. Le gritaba una o dos veces por mes.

La miraba sorprendido. Para él las torres eran seguras, los cristales permitían ver todo aquello que valía la pena ver. Las sábanas eran suaves y tibias y con el amor de su alma y de su cuerpo, debía tener todo lo que quería.

“¿Estás enferma?” preguntaba en ese momento, perplejo.

“No, no enferma”. Sacudía la cabeza ella. “Pero algo en mí se muere”. Se le llenaban los ojos de lágrimas.

Él la veía alejarse. Irse a otra galaxia, a un mundo completamente desconocido para él.  Un lugar en su mente, pensó.  Días después, todo volvía a “la normalidad”. Ella volvía a ser esa tierna criatura de la que estaba enamorado. Esa esposa amante y trabajadora que lo fascinaba con su inteligencia y conquistaba su alma con sus gestos dulces.

“Algo en mí se muere”. -dijo esa noche. – “y no permitiré que se muera”.- afirmó, haciendo a un lado la silla en que estaba sentada. Se dirigió a la puerta de la casa.

“¿Qué hacés?” -preguntó desesperado, sin comprender qué pasaba.

“Vuelvo a casa”. -sentenció corriendo hacia la puerta.

“Esta es tu casa”.

“No. Esto es una pila de piedras y cristales”. Dijo y salió.

Él la siguió.  En un momento sintió que ella era como un animalito salvaje. Corría muy rápido.

Llovía. No lo sintió. Los latidos que normalmente se desvanecían entre los ruidos del cemento y el cristal, explotaban en su mente y en su alma. Una luz muy diferente alumbraba sus ojos. Se volvió hacia él. Sonreía, lo miró.

Sintió él, que sus ojos lo atravesaban como lanzas. Nunca había visto ese fuego. Era como si su amada se hubiera convertido en una especie de bestia mítica, mitad mujer, mitad salvaje.  Le dio la espalda otra vez, y comenzó a correr.

Llegaron a un mirador, estaban empapados. Ella lo miró. Esta vez era su mujer. Estaba agitada, pero brillaba.

“Creo que a veces, vas a tener que dejarme seguir los tambores y correr como un lobo hacia los bosques”… Le espetó. “Si no, serás testigo de que algo en mí se muere”.

2 Comentarios

  1. Excepcional… me emocionó mucho y me hace sentir muy identificada… bello. Perfecto. Preciso. Aunque quizás, pudo serlo más… falta el aullido final que dice: “Te extraño, me hacés falta… necesito espacio, pero también te necesito a vos”😉
    Witchie, mis humildes aplausos, preciosa “historia”.

  2. Hadita:
    Muchas gracias. ¿Sabés? Me quedé pensando tal vez falte el aullido final… Pero está bueno que haya historias, que queden inconclusas😉
    Como decía Scheerazade, eso es parte de otra historia… y así se ganó 1001 noches ¿no?
    Besos y gracias!

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