Argentina joven 2011

Argentina joven 2011
Por Selecciones.com

Conocé a los 5 jóvenes destacados por la Comunidad por su labor solidaria.

Los editores de Selecciones se dieron a la tarea de buscar a jóvenes que sobresalieran por su labor altruista. Recibieron cientos de nominaciones, y entre todas ellas escogieron a Gina, Gisela, Agustín, Manuel y Jorge, quienes demuestran día a día, a través de sus acciones, que la compasión y la solidaridad son valores que pueden cambiar al mundo. Cada uno de ellos realiza una labor encomiable a favor de la comunidad y demuestra que querer es poder, y que la edad no es un impedimento. ¡Bien por ellos! En cada una de sus historias hay sueños que se convirtieron en realidad: para ayudar y ayudarse. Dicen que las buenas acciones siempre vuelven, estos jóvenes han sembrado semillas que crecerán sólo con buenos frutos.
Manuel Lozano. “Creer es poder”

Una mañana de invierno, mientras izaban la bandera en el patio de la escuela, vio que un chico de otro grado estaba casi descalzo, en ojotas y medias. Manuel Lozano tenía apenas ocho años pero se dio cuenta de que algo andaba mal.

Esa misma tarde le pidió a su mamá que lo ayudara a organizar una colecta y entre los compañeros de su grado juntaron varios pares de zapatos. Recuerda perfectamente la visión que marcó su vida.
“Esa fue la primera imagen de la realidad que me dolió, algo que no estaba bien estaba pasando”, dice el actual titular de Red Solidaria, una organización que desde 1995 intenta dar respuesta a las más grandes necesidades sociales, sin estructura burocrática, sólo siendo un puente entre quienes precisan ayuda y aquellos que pueden dársela.

Manuel tiene 27 años pero parece mayor cuando habla. Acaso haber estado en las grandes catástrofes de los últimos años y verse todos los días cara a cara con la miseria y las necesidades de tantos lo hayan hecho crecer más rápido. Asegura que su llegada a la dirección de la Red Solidaria fue una suma de casualidades. Escribió la palabra “solidaridad” en google y lo primero que apareció fue la Cátedra de la Solidaridad que dicta la red. Nacido en la ciudad bonaerense de Chascomús, no tenía idea de las calles de la ciudad de Buenos Aires y la cátedra se dictaba a cuatro cuadras de la casa donde vendría a vivir, justo en días en los que no cursaba la facultad. Demasiadas casualidades para no prestarles atención.

Aunque era demasiado joven todavía, lo tomaron como voluntario. Entró en la red el 21 de julio de 2003. No se olvida de la fecha porque un 21 de julio, pero un año antes, había decidido hacerse las rastas en el pelo que hoy lo caracterizan. Al principio atendía el teléfono. Escuchaba, orientaba y contenía a quienes llamaban urgidos por diferentes necesidades. De a poco fue involucrándose más y, a fines de 2007, ya estaba a cargo de la red.

El desvelo de la Red Solidaria es dar respuestas y, a la vez, visibilidad a problemáticas sociales desatendidas. Por eso Manuel recorre el país para aprender más de estas realidades y poder sacarlas a la luz. Ya hizo centenares de viajes por todo el país. Trabaja no sólo en la asistencia de las necesidades básicas, sino que busca generar proyectos a largo plazo.
Desde que es director ya creó 70 redes solidarias en el interior. Cuando él llegó había cinco. Si querés conocer más de la historia de Manuel, hacé click aquí
María Gisela Galván. “Fórmula para el cambio”

A María Gisela, Gisela para sus íntimos, ver papeles tirados en la calle, observar cómo se ensucian los monumentos con grafitis, perderse en la maraña de carteles de campañas políticas donde no debieran estar, eran algunas de las cosas que desde chica la ponían de muy mal humor. “Que la gente no tuviese respeto por el espacio público me indignaba”, recuerda con énfasis. Ya adulta se dio cuenta de que estos pequeños actos eran parte de un problema mayor, uno que involucraba un orden cultural, y se propuso encontrar la fórmula para cambiarlo.

Su objetivo es barrer con ciertas prácticas diarias que nos afectan a todos, cambiar las “malas costumbres típicas de los habitantes”. Las que se ven todos los días en cualquier ciudad, apañadas por “una sociedad que premia al más transgresor” con una palmada en la espalda y una sonrisa cómplice. “Esto es el germen de una cultura de corrupción que después criticamos en los políticos”, dice Gisela, una joven platense de sólo 23 años que lidera un equipo de más de 40 estudiantes universitarios y secundarios que llevan adelante esa misión. Confía en que este cambio cultural es posible si los jóvenes, toman el desafío como propio.

Ama a su país. Habla de “ponerse la camiseta” todos los días y no sólo para los eventos deportivos. Por eso
se alistó hace ya hace seis años en la ONG Patria Nueva; pasó de ser encargada del departamento de diseño a la coordinación general del proyecto, este año. Para lograr este cambio realizan, entre otras acciones, talleres de conciencia ciudadana, por ejemplo, en colegios.

En la actualidad trabajan con ocho escuelas de la ciudad de La Plata y realizan acciones “de impacto” en la comunidad: en 2008 juntaron miles de jóvenes de colegios secundarios para barrer las calles de la ciudad con el lema “Por una Argentina limpia de corrupción” y, en 2010, realizaron una acción conjunta en un colegio para pintarlo y dejarlo en condiciones.

Dice que es sentimental, apasionada y muy proactiva. Se enoja con algo y no ceja hasta encontrar la solución. Se reconoce algo idealista y afirma que nunca renunciaría a concretar sus sueños. “Es como una respuesta a la impotencia que me generan las situaciones de resignación. Hay gente que está totalmente resignada. Yo creo que se puede cambiar la ciudad y el país”, asegura convencida.
¿Querés leer más sobre Gisela? Hacé click aquí.
Agustín Giraldez. “Amigos son los amigos”

Hasta el día en que se encontraron, Agustín Giraldez, de 23 años, y Antonio Fernández, de 26, eran completos desconocidos uno del otro. Dos modelos bien diferentes, uno repleto de aire cosmopolita y el otro cargado de provincia. El primero empacaba su arrebato de ciudad en bolsos de viaje y el segundo juntaba sacrificio para una nueva jornada. Mientras Agustín despedía entusiasta a su familia desde la ventanilla de un ómnibus, a medida que se alejaba de Buenos Aires en lo que prometía ser una aventura, Antonio sobrellevaba las calles de polvo, a la vera de las rutas formoseñas para ganarle su pelea a la deserción escolar. Lo que ninguno de los dos jamás imaginó fue que ese día —cada uno en su realidad y a 1.200 kilómetros de distancia— se convertiría en el inicio de una auténtica amistad.

Ya muy lejos de Vicente López, en el norte del Gran Buenos Aires, el ómnibus que conducía a Agustín y a sus compañeros del colegio San Gabriel se acercaba a la densa vegetación y a las inestables casas de adobe y paja de La Primavera, paraje de la provincia de Formosa. Podría sólo haberse tratado de un viaje de adolescentes que despiden su etapa de estudiantes, pero durante todo un año habían acumulado anécdotas de amigos que ya habían estado allí, y por fin, el momento de hacer su propia experiencia había llegado.

Llevaban libros, útiles, ropa y alimentos que lograron recolectar con la ayuda de familiares y conocidos. Ciertamente, el viaje era una experiencia estimulante, pero más lo era conocer a quienes esperaban, desde tan lejos, esa ayuda en camino. Al menos así lo era para Agustín.
Mientras tanto, Antonio confiaba así como decenas de familias Qom (etnia Toba) de La Primavera que lo hacen desde 1999 cuando necesitaron un patio de cemento para que los chicos pudieran ingresar a la “Escuela No 196” en los días de lluvia y un grupo de alumnos del colegio San Gabriel viajó para ayudarlos.

A partir de ese momento, la costumbre se repetiría anualmente con las nuevas camadas. Tal como le ocurrió al grupo originario, Agustín regresó con tal entusiasmo y compromiso que decidió que esa experiencia no debía quedar ahí.

Conocé la decisión que tomó Agustín después de ese primer viaje haciendo click aquí
Jorge Rodríguez. “Un joven anda por los techos”

El rayo de sol que cada mañana atravesaba la defensa de la autopista e iluminaba el asfalto sobre el que vivían hacinadas casi trescientas personas, es una de las imágenes del surtido de recuerdos que lleva a Jorge Rodríguez a sus primeros siete años de vida entre ruido de motores, frío, muchedumbre y cartón. Aquel niño de tez oscura, lunares, pelo morocho y ojos afligidos, que sus hermanos mayores cuidaban mientras papá y mamá se las rebuscaban para llenar un plato de comida, llegó al mundo en el invierno de 1985 debajo de un puente del barrio de Constitución, en Buenos Aires, en el seno de una familia pobre y desocupada. Jorge tuvo una infancia difícil, precaria,sin una vivienda digna ni oportunidades de progreso -situación que comenzaron a padecer muchas familias humildes de la Argentina urbana, a partir de idas y venidas político y económicas.
Un desalojo violento y sorpresivo en la primavera de 1990 dejó a la familia Rodríguez a la deriva, y los obligó a deambular por los barrios del conurbano bonaerense.

Primero recorrieron cuarenta kilómetros al sur de la capital para asentarse en la localidad de Glew. Meses más tarde, se trasladaron otros ochenta kilómetros hacia el norte, a Ing. Maschwitz, donde la numerosa familia convivió en una pequeña habitación en la casa de una tía de corazón gigante. Y finalmente, la mamá de Jorge —María del Carmen Garay— consiguió una casita en esa misma localidad, donde él atravesaría su adolescencia. De su casa a la escuela y de la escuela a su casa. Con los hermanos mayores casados y en formación de sus propios hogares, Jorge y su hermana melliza, Patricia, heredaron la tarea de cuidar a los más chicos mientras mamá iba a trabajar. Así fue como los catorce hermanos Rodríguez aprendieron el secreto de compartir la ropa y el camino.

Situaciones límite pueden descomponer familias. Y a pesar de que Pedro, su papá, no supo mantenerse debajo del mismo techo, Jorge y sus hermanos se aferraron más que nunca a su mamá: “Ella no comía con tal de que nosotros pudiésemos hacerlo. Nos enseñó que no se trata de hacerle mal a nadie para salir adelante, y que siendo solidarios entre nosotros todo iba a marchar mejor aunque sea sólo un poco”, cuenta Jorge. Una madre que además alimentó con amor, motivación y educación a sus hijos para que, aún en circunstancias desfavorables, puedan fortalecer su autoestima y no depender de ningún vicio para huir de aquella, su realidad, “esa fuerza es la que me estimuló a terminar los estudios”, explica Jorge.
Si querés aprender más del ejemplo de Jorge hacé click aquí
Gina Suriani. “No me abandones”

El destino de Franca, una perrita de apenas una semana de vida, estaba marcado. La mascota de color blanco había nacido en un hogar cuya dueña no tenía en sus planes conservarla. De hecho, la mujer tenía pensado llevar a la perra al Instituto de Zoonosis Luis Pasteur, de Buenos Aires, donde -se sospechaba en el imaginario colectivo- se los mata para mitigar la superpoblación de animales domésticos sin dueño. Claudia, de entonces 33 años, y Juan Suriani, de 42, eran un matrimonio que vivía en el mismo edificio y, ante la situación de abandono del animal, decidieron torcer el destino y adoptar a Franca. No podían dejar que esa perrita simpática terminara quién sabe dónde. Desde entonces, Franca formó parte de la familia. Los cambios siguieron en la vida de los Suriani y un año después, el 3 de diciembre de 1998, con el nacimiento de Gina, su primera hija, se agregó una nueva integrante.

Desde pequeñas, Gina y Franca se comportaron como hermanas. Tanto en los momentos de juego como en los de travesuras y retos. Gina asegura que sus días con Franca están guardados en su memoria como tesoros. Los buenos y malos recuerdos, como aquella vez cuando la perra tuvo mastitis y Gina, de apenas seis años, se pasó horas cuidándola. Ahora su mascota —amiga fiel y compañera— tiene trece y medio, y “está un poco cascarrabias por la edad”, asegura Gina, pero de todos modos siguen compartiendo historias únicas. Se llenan de besos mutuamente y juegan con pelotitas de goma.

Hoy Gina tiene doce años. Aunque no recuerda bien cómo reaccionó cuando le contaron la historia del rescate de Franca porque era pequeña, posiblemente aquella situación caló hondo en sus sentimientos y nunca fue olvidada. Un día de diciembre de 2009, como ya habían terminado las clases, Gina tenía más tiempo libre. Buceando en Internet, precisamente en la popular Facebook, encontró por casualidad la página de “El Campito Refugio” (facebook.com/elcampitorefugio).
Investigó de qué se trataba ese lugar que alberga a cientos de perros sin dueño, miró las fotos y se sumergió en el mundo de rescates y adopciones caninas, llena de curiosidad. Acto seguido les pidió a sus papás que la llevaran al predio para conocerlo y averiguar en qué podía ayudar.
Descubrí más sobre Gina y Franca aquí

Los textos son de la revista selecciones pero, me pareció bonito compartir esperanza con ustedes. Nuevas etapas.
A propósito en período de eleccioens, ¿no estaría bueno que los candidatos empezaran a mirar las necesidades desde adentro de las necesidades?

2 Comentarios

  1. Pasan necesidades nuestros candidatos?,tal vez, seria muy beneficioso hacerles pasar algunas para que sientan en carne propia el sufrimiento que muchos padecen.
    Es muy comun hoy en dia, ver como se maquillan., como rejuvenecen por medio de cirujias, como empiezan a vestir y actuar mas delicadamente gracias a un asesor de imagen.Tambien mandan a escribir sus discursos,, dicen lo que la gente quiere oir,ocultan sus verdaderas intenciones tras un manto engañoso de color subsidio,o ayuda a los que menos tienen.Manipulan cifras oficiales,tergiversan las noticias,y echan culpas a troche y moche a toda la oposicion.
    ¿Acaso es dificil reconocerlos?,si es tan simple…seguro no viajan en tren o colectivo..no se atienden en hospitales publicos, no se pasan la vida pagando en cuotas una vivienda, no necesitan garantias ni garantes para creditos.
    Pero fiel a mi estilo optimista aqui dejo alguna solucion: Deberiamos en primer termino darle a los ministros y secretarios , un suelo minimo( algo asi como los 1600 pesos que nos dejan fuera de el calculo de la pobreza segun el señor moreno), por supuesto no soy tan desalmado , lo multiplicaria por dos o tres ,, segun sus meritos ,, estee en algunos casos tambien podria ser por 0.5.
    Les impondria un horario estricto de trabajo, con descuentos por llegada tarde, ausentismo,y en el caso de problemas de salud , les otorgaria como amigo , la invalorable ayuda medica de nuestro medico laboral.
    Quitaria los gastos reservados,, propondria una justicia independiente ,y un sistema de scoring parecido al de registro, para que les podamos descontar puntos segun su actuacion.
    Bueno , no arreglariamos mucho, pero alguno que otro dejariamos afuera.
    Me cuesta mucho olvidarme de Ramon, ese viejito que llega hasta la tapiceria de mi barrio, para cumplir un dia de trabajo, siempre sonriente, de buen humor,como postergando el futuro, sintiendo que el esfuerzo le llenara la panza ,y despues de 10 horas de trabajo se vuelve a casa con 50 pesos en el bolsillo. Esta Argentina tambien existe.
    Un besito

    • Hefe: le contesto con una frase de una Margaret no-me-acuerdo-el-apellido: “Se necesita un grupo de ciudadanos interesados y comprometidos para cambiar al mundo”…
      No necesitamos a los políticos, si no cambia cada persona, ellos tampoco lo harán.
      Mientras, imitemos los ejemplos de estos chicos.

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