En la lluvia 2

A medida que iban creciendo, la amistad entre Marina y José crecía. José seguía pensando que a Nina, como le decía desde la infancia, se le desajustaban las tuercas cada vez que llovía.
Nina era ahora una muchachita alta, delgada. Y claro, era bailarina. Tenía largos cabellos oscuros. Hermosos ojos azules. Tan lindos como los de mamá, decía papá baboso, pero con un toque de misterio, que no era común. Su piel clara y suave y su gracilidad de movimiento, la hacían una jovencita llamativa.
José, era ahora un corpulento atleta. Era delantero del equipo de fútbol del colegio. Alto, colorado y pecoso, aunque ahora sus pecas eran más atractivas que cuando le decían pecosito en el jardín, a las jovencitas de su clase. Como todo deportista, tenía músculos bien marcados y firmes todas las partes de su cuerpo. Era el comentario en los pasillos del colegio, que todas “le daban”. Tenía ojos amables, de “gigante bonachón” diría Nina riéndose.
Para él, era incomprensible que una chica tan linda, popular y con tantos talentos, saliera como loca a la calle cada vez que empezaba a gotear desde el cielo.
Mamá, veía como su pequeña “oruguita” iba convirtiéndose en una mariposa de alas brillantes. TEnía un temperamento artístico bien marcado para la edad de 15 años. Tanto que por su ambición, pasión y talento, fue becada a una de las academias de artes más importantes del mundo.
A pesar de poder presumir, como hacía Luciana, o Clara, de sus logros. Nina no los mencionaba a menos que se los recordasen. A ella le gustaba bailar y cantar. Era parte de su naturaleza. Como el agua, la música y la danza, la transportaban a otro universo. Allí, no existía nada más que ella y la música.
Muchas veces, José, le decía que tenía que aterrizar.
-Está bueno que los otros se enteren de lo que podés hacer, Nina. – Le aconsejaba.
Nina le sonreía, con esa sonrisa distante y ausente… Lo miraba a los ojos. Esa mirada significaba: “lo que digan o piensen no importa, me importa lo que yo siento cuando bailo”.
-Pero Nina.
-Pero, nada- le cortaba siempre. – Ya sé que vos creés que tengo que mostrarles mis habilidades, talentos, bendiciones. Y pasarles el trapo a ese grupete de engreidos. ¿Y eso me hará mejor? No lo creo.
– Nina, yo quiero que te respeten. – protestaba.
– Sonás igualito que mi papá. – se rió ella. Esa risa tintineante, como de campanitas de viento. – Creo que ahora que me vaya vas a descansar de ser mi paladín justiciero. Y será el momento en que te puedas enfocar en conquistar a Paulita. – terminó con una carcajada.
– No me jodas. Sabés que cuidarte es mi obligación de hermano.
– Cierto. Y ahora, me voy a mis ensayos. Nos vemos en mi patíbulo mañana.
– ¡Está lloviendo! ¿Te llevo?- dijo él abriéndole la puerta del auto.
Nina se encogió de hombros. Le guiñó el ojo.
-¡Ni loca!- gritó y danzando en la lluvia desapareció de su vista… como tantas otras veces.

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