Cosas que pasan

Muchas veces se había preguntado cómo iba a ser ese extraño e incómodo momento. Lo había analizado de muchas formas, pero no lograba imaginarse cómo sería en realidad. Recordó cuántas veces la habían buscado en el mismo aeropuerto, cuántas veces la habían escoltado desde los portaequipajes hasta el coche y luego a la casa de él.
Su mente recordó vívidamente la última vez. La vez en que todo se cortara “definitivamente”.
Sabía que la situación no sería cómoda. Que de hecho la esperaba una larga lista de personas con un interrogatorio, listos para hacerle la autopsia a la relación fallecida. Sintió fastidio. Le molestaba esa manía de los amigos en común de tratar de recomponer situaciones imposibles de arreglar.
“¿Por qué no tomaban la resolución como definitiva y seguían con sus vidas?” … Se encogió de hombros. Suspiró.
La sobrecargo anunció el pronto aterrizaje. Durante el momento en que se ajustaba nuevamente el cinturón, olvidó sus cavilaciones.
Se le aceleró el corazón, nuevamente esa sensación. ¿Por qué después de dos años, no podía evitar sentirse acelerada ante la posibilidad de verlo otra vez?… Movió la cabeza con gesto de desaprobación.
El avión aterrizó. Descendió. Recorrió por enésima vez el aeropuerto y llamó un taxi a la salida. Mientras hacía el ademán de llamado, alguien le tomó la mano. Por un instante su puño se cerró. Era instintivo. Si alguien la tocaba sin permiso, recibiría un cachetazo, puñetazo o puntapié. Era la regla.
– No hace falta que gastes en transporte, estando yo acá, Maggie- dijo una voz familiar.
– ¡Félix!- exclamó aflojando el puño y sonriendo- ¡Qué alegría verte! –lo abrazó.
– En otras épocas hubiéramos tenido un encuentro un poco más íntimo, princesita… – dijo él por lo bajo. – mi princesita, -añadió para sí.
Ella le sonrió . Sus mejillas se colorearon con rubor y no dijo nada. Era extraño, parecía como si no hubieran pasado dos años, un matrimonio y tres parejas entre ellos.
El tomó su equipaje, y con el brazo libre, rodeó su cintura. Se sentía natural tenerla así de cerca… Pero se sentía, tan lejana. Buscó sus ojos, quería ver el deseo ardiendo en esos ojos que tantas veces lo habían atravesado con fuego puro.
– ¿Te gustan mis ruedas nuevas? –preguntó en tono juguetón, al llegar a un vehículo todo terreno azul.
– Déjame ver… – comenzó ella, poniendo cara de entendida. – Nada mal, señor ingeniero, nada mal!- aprobó con un gesto de cabeza.
– Siempre dije que quería tener un vehículo todo terreno, Maggie, un vehículo para nosotros y nuestros hijos- añadió por lo bajo.
– Siempre quisiste uno y ahora ya lo tienes – Respondió ella… “ a mi y a nuestros hijos no, pero al auto sí”, pensó. – ¿Cómo se encuentran tus padres? – preguntó, luego de unos minutos.
– Ansiosos de ver a la hija que siempre quisieron.
– También tengo deseos de verlos. – dijo ella.
Luego de 30 minutos, el vehículo se detuvo frente a una casona de dos pisos, tipo colonial. Era hora de enfrentar a los padres de Félix…
En la escalera de entrada, una pareja mayor miraba con amor y un dejo de tristeza a la pareja del auto.

– Valeria no envejece – comentó sonriendo. – Parece que el tiempo se detiene por acá.
– Ella sigue esperando a su hijita – sonrió él, mientras le apretaba la mano.
– ¿Y qué esperas para dársela?
– Que me vuelva a mirar con amor…- dijo él más para sí que para ella.

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