Alternativas…

Finalmente y luego de pelearse consigo misma durante una semana y media se decidió. Tomó el teléfono móvil, llamó y confirmó la visita. Suspiró sorprendida de sí misma al concluir la comunicación. Acto seguido, se colocó un broche en el cabello para quitárselo de la cara y se dirigió al armario.
La habitación iluminada por la clara luz de una mañana estival parecía más grande. El piso de granito ya gastado por el uso, las paredes blancas, hasta las cortinas parecían diferentes.
Mientras observaba las molduras de la vieja puerta de roble, con extrañeza, suspiró otra vez. Si a alguien se le ocurría preguntar qué sentía, alivio era la respuesta.
En veinte minutos, la valija estaba lista sobre la cama. El pasaje confirmado para el otro día a la mañana. Viajaría desde su refugio a Capital a encontrarse con otras personas que harían esa misma visita.
Primeras vacaciones en años. Estaba ansiosa.
Se sentó a la computadora. Abrió su correo y redactó el mensaje.

Ya avisé que iría, llego a la terminal mañana a las 9 am, de la terminal voy al aeropuerto internacional. Tal y como acordamos reservé pasaje para el vuelo de las 12hs. Nos vemos en el aeropuerto, supongo. Hasta entonces.
Lilí

Cerró la computadora. Abrió las puertas del patio y salió a su huerta. Sus verduras y hierbas crecían maravillosamente. Babs, su gata maullaba relajadamente desde las ramas del viejo sauce que se hallaba en medio del patio.
Regó todo. Dejó todo en orden. Salió de la casa. “El Refugio”, decía un lindo cartel sobre la pared blanca. Se dirigió hacia la casa de en frente.
Una mujer de cabellos negros y enormes ojos cafés estaba barriendo la vereda.
– Buen día, María, -dijo con su voz suave.
– Hola Lilí,- le respondió la mujer, dejando de barrer.
– Finalmente decidí viajar por una quincena, ¿podrás cuidarme la huerta y que Babs tenga suficiente agua y comida? – preguntó. Siempre era así de directa.
La mujer sonrió y asintió. Observó a la joven mujer que tenía en frente. Había algo en Lilí que hacía que sintiera la necesidad de cuidar de ella.
– Hacés bien en tomarte vacaciones, chiquita – dijo sonriente. – ¡A ver si ahora te conseguís un novio!
Una cristalina carcajada brotó de la garganta de Lilí. Sabía que todo el pueblo quería “casarla”, pero ella no sentía la menor inclinación hacia el matrimonio. Diariamente o, mejor dicho, cada dos horas, alguna bienintencionada persona venía a la casa a decirle todas las bendiciones del matrimonio, la pareja y demás. Lilí escuchaba, con paciencia, a veces… otras, sólo parecía escuchar, pero estaba ausente de la charla.
Sabía que era “rara”, por decirlo amablemente, para todos en el pueblo. Pero era consciente de que no estaba hecha para seguir tradiciones que no sentía propias, ni para seguir caminos impuestos por los demás.
Tal vez, su camino fuera simplemente ése: andar por la vida siendo libre y enseñando libertad. O tal vez no, pero no había apuro aún por descubrirlo.
De un modo u otro, percibió, como siempre, que este viaje, iba a definir algunas cuestiones de su vida, y del modo que fuere, sabía que nada sería igual al regresar.

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