Las Páginas de la Luz

(…)

– En Francia – Dijo Leslie. Lo dijo sin pensar. Antes de que yo pudiera preguntarle cómo lo sabía, ella aspiró bruscamente. – Mira.

Señalaba una hendidura en la roca: allí había un anciano de tosca túnica parda, arrodillado en el suelo, cerca de una pequeña fogata. Estaba soldando; un blanco amarillento brillante chisporroteaba y danzaba en las rocas detrás de él.

– ¿Qué hace un soldador aquí arriba? – me extrañé.

Ella lo observó por un momento.

– No está soldando -corrigió, como si estuviera recordando la escena en vez de observarla-. Está orando.

Se puso en marcha hacia él y yo  la seguí, decidido a guardar silencio. Así como yo me había visto en Atila, ¿mi esposa se veía en ese ermitaño?

Ya más cerca, vimos con toda seguridad que no había allí soldador alguno. Ni ruido, ni humo. Era un pilar refulgente, del color del sol, que palpitaba sobre el suelo, a menos de un metro del anciano.

– …y al mundo has de dar tal como has recibido – dijo una voz suave, surgida de la luz-. Has de dar a todos cuantos ansíen saber la verdad de dónde provenimos, el motivo de nuestro existir y el rumbo que se extiende hacia adelante, en el sendero de nuestro hogar por siempre.

Nos detuvimos algunos metros más atrás, transfigurados por el espectáculo. Sólo una vez había visto yo ese brillo, años antes, aturdido por un vistazo accidental de lo que, hasta el día de hoy, sigo llamando Amor. La luz que veíamos en esos momentos era la misma, tan radiante que reducía el mundo a una nota al pie de la página, a un opaco asterisco.

De pronto, un instante después, la luz desapareció. Bajo el sitio donde había estado flotando quedó un manojo de papeles dorados, una escritura en caligrafía grandiosa.

El hombre permaneció arrodillado y en silencio, con los ojos cerrados, sin percibir nuestra presencia.

Leslie se adelantó para recoger ese refulgente manuscrito. En ese lugar místico, su mano no pasó a través del pergamino.

Esperábamos encontrarnos con letras rúnicas o jeroglíficos, pero descubrimos que las palabras estaban en nuestro idioma. Naturalmente, pensé. El anciano las leería como si estuvieran en francés, un persa como si estuvieran en su propia lengua. Así ha de ser la revelación: no es el idioma lo que importa, sino la comunicación de las ideas.

Eres creatura de la luz, leímos. De la luz vienes y a la luz volverás, a cada paso, rodeándote, está la luz de tu ser infinito.

Volvió una página.

Por elección tuya moras ahora en el mundo que tú has creado. Lo que albergues en tu corazón será verdad, eso que más admiras, en eso te convertirás.

No temas ni te espantes ante la apariencia que es la oscuridad, ante el disfraz que es el mal, ante el manto vacío que es la muerte, porque tú los has elegido como desafíos. Son las piedras en las que eliges amolar el agudo filo de tu espíritu. Sabe que siempre, en derredor de ti, está la realidad del amor, y a cada momento tienes eel poder de transformar tu mundo por obra de lo que has aprendido.

Las páginas seguían por cientos. Las hojeamos, heridos por el sobrecogimiento.

Eres la vida inventando la forma. No puede morir a espada o por vejez, así como no puedes morir al franquear una puerta para pasar de un cuarto a otro. Cada cuarto te da su palabra para que la pronuncies; cada pasaje, su canción para que la cantes.

(…)

Richard Bach, Uno. Capítulo 10.

En esta ocasión les regalo unas páginas de un libro que me fascina. Espero que a ustedes les guste también.

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