El camino a Avalon

Había escuchado tantas veces hablar de Avalon.

Avalon, la Isla sagrada, el hogar de las sacerdotisas de la Diosa. Avalon la tierra mágica.

Y siempre pensó que vería a Avalon. Creía que durante algún trance, conectándose con la Madre Diosa, podría ver la cortina de niebla y semioculta, la Isla.

Y aquella prosaica tarde, mientras se dirigía a cumplir sus mundanas obligaciones, lejos, cerquita del horizonte, vio algo que no esperaba ver.

Miró distraídamente, por la ventanilla del colectivo en el que viajaba, como levantando la vista del cuaderno en el que estaba centrando su atención. Lo primero que pensó fue, “qué bajas están las nubes hoy”. Y volvió al apunte.

Levantó la mirada otra vez, pero en esta ocasión en lugar de mirar vio. Y vio entre la cortina de niebla la Isla Sagrada. Su corazón dio un salto. La sensación de estar viendo su hogar no la abandonó. Fijó su vista en el horizonte. Y distinguió las Nieblas de Avalon semi abiertas, y la Isla Sagrada detrás, dándole la bienvenida.

Por primera vez en su vida, sentía que estaba cerca de su hogar. Y ese mágico atardecer traería, junto a la certeza que ese hogar existía, la visión del camino a casa.

Una sacerdotisa que aprendía a correr las Nieblas para entrar a la isla, sonrió, mientras volvía su vista a los apuntes. Ya todo carecía de importancia. Había descubierto en el horizonte su hogar, el sitio al que estaba anclada su alma.

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